Reírse un poco o levemente, y sin ruido
04/03/2009
Sonreía mientras esperaba de pie en el andén, mientras sacaba el paquete de tabaco del bolsillo derecho y el mechero del izquierdo. Sonreía al guardar el mechero dentro del paquete al que le quedaba solo un cigarrillo y también al guardarlo todo en el bolso. Sonreía con las manos enfangadas en el caos de cuero negro, buscando la música. Le dolía además un poco o levemente, y sin ruido, la cabeza pero de la misma forma se reía del cansancio que le iba derrotando al acercarle a casa. Batallas imaginarias que creía haber ganado conteniendo los amagos de despegue de las líneas. Temblores sordos a oscuras que le hacen, de nuevo, reírse un poco o levemente, y sin ruido.
El principio de nada. El esbozo de una sonrisa lasciva que brota del gris apenas interumpido por esbeltos amarillos verticales. Grises, grises, grises que no son tan tristes como los pinta La Habitación Roja. Que son cimientos, nubes y asfalto. Que son sus medias, su sombra de ojos y el brillo metálico de sus pendientes. El principio de nada. El comienzo no más de un reírse un poco o levemente, y sin ruido.
sonreír.
1. intr. Reírse un poco o levemente, y sin ruido. U. t. c. prnl.
2. intr. Dicho de una cosa: Ofrecer un aspecto alegre o gozoso.
3. intr. Dicho de un asunto, de un suceso, de una esperanza, etc.: Mostrarse favorable o halagüeño para alguien.
Estupidez consciente
16/02/2009
estupidez.
(De estúpido y -ez).
1. f. Torpeza notable en comprender las cosas.
2. f. Dicho o hecho propio de un estúpido.
He visto arder mis ojos desde tres perspectivas diferentes, atardeceres vítreos, mudos y asépticos. He detenido mi corazón un instante muy breve, infinitamente pequeño, al ver cómo no me veías, o cómo me veías, incluso qué veías cuando mirabas en mi dirección.
Se quebraron mis huesos y mis músculos cedieron dejando que todo lo que contengo se precipitara al vacío ingrávido de la estupidez. Podía haberlo visto antes. Me atrevo a temer que la imagen golpeaba mis retinas por las noches y me empeñé en lavarme bien los ojos cada mañana parar eliminar la posibilidad consciente del miedo cristalizado en legañas.
consciente.
(Del lat. conscĭens, -entis, part. act. de conscīre, saber perfectamente).
1. adj. Que siente, piensa, quiere y obra con conocimiento de lo que hace.
2. adj. Dicho de una cosa: Que se hace en estas condiciones.
3. adj. Con pleno uso de los sentidos y facultades.
Antónimos que se sinoniman
23/01/2009
Las palabras están ahí, con sus letras. No cambian en su forma pero fluctúa su contenido. Están definidas en los diccionarios y, sin embargo, no son iguales si las variables hacen lo único que saben hacer, variar.
Ausencia, no estar, faltar. ¿Qué es tu ausencia en mi vida? Puede ser que no estés físicamnete a mi lado y me toquen tus palabras, las de verdad o las que sueño. Quizás estés en la misma habitación que yo rehuyendo mis ojos, conteniendo la respiración y guardando un asqueroso silencio. O simplemente ni siquiera te haya conocido.
Lo que está, lo que no falta, está presente. Presencia, con todas sus letras y la misma ligereza que su cruz. Presencia o las historias que me cuentas cuando no puedo verte, tocarte ni oirte. Es tenerte ocupando un volumen en mi espacio inmediato aunque tus conexiones neuronales te estén enganchando al recuerdo de otros besos. Tu presencia podría incluso existir sin saber yo quién eres en un vagón del metro que compartamos.
Hay instantes en los que ambas palabras representan lo mismo y es hermoso. Son escasos los momentos en los que los antónimos se sinoniman, fugaces poemas fuera de su posición de equilibrio. Yo soy libre entre esos versos de un segundo en los que tu ausencia es presencia y tu presencia es ausencia. Libre porque en su igualdad ambas me producen la mayor indiferencia.
Palabras, palabros y viceversa
21/01/2009
No hay escusas que valgan, ni tu gusto es ecléptico, y mucho menos han existido exclavos a lo largo de la historia. Porque a veces no sabes si en un tren hay vagones o bagones o porque los Reyes Magos te han hechado un iPod que, como bien decía Nacho, estaría hechado en China – ¿o hechado a mano por niños? – y que por no haberte portado bien no te han echado nada más que carbón.
Yo he llegado a escribir algunas de estas lindezas pero otras no porque, puede que me arrepienta al decirlo, yo me leo el diccionario de la RAE. Pero que conste que eso de estar en la otrora temida Prusia influye demasiado negativamente en mi español. Sí, voy a justificar mi fetichismo léxico, ¿qué pasa? Yo vuelo sobre Madrid cuando hago escala en Barajas. Tranquilizo a mi madre diciéndole que no se haga ningún pensamiento ¿? Mi hermana pequeña se ha descojonado cada vez que me corregía una frase estas Navidades diciendo que mi español se diferencia poco del de un guiri.
De todas formas, he de decir y digo que en mi casa – la de Berlín, la que es mía en tanto en cuanto pago yo misma el alquiler – no tengo un ejemplar del diccionario de la RAE. Inmensa contrariedad. ¿Cómo encuentra un motivo para seguir viviendo? Os preguntareis. Una nimiedad si sabéis que – redoble de tambores – ¡existe una edición digital para consulta online! Y yo consulto, ¡vamos que si lo hago! Preguntadle a Cenicienta y ella podrá deciros cuántos correos míos ha recibido que empezaran con una definición. Preguntadle si visito más a menudo facebook o el diccionario. A lo que espero que conteste que, que… ¿qué no tengo facebook?
Sea como fuere, existe una palabra para (casi) todo y yo voy a seguir investigando y dejando caer por aquí todas las patadas al idioma, reinvenciones del castellano, palabras que simplemente me llamen la atención, o anécdotas orales – postañas pestizas, colomillo con soliflores y así sucesivamente – que encuentre.
O me invente.